
Hace 200 años del nacimiento de Darwin, 150 de la publicación de su libro “El origen de las especies”, y algunos más desde que se publicaran las famosas caricaturas que mostraban a un Darwin mitad humano mitad primate.
Darwin sufrió las hirientes críticas de la sociedad victoriana de su época, que trataron de ridiculizarlo a él y a sus ideas, tan insultantemente revolucionarias. Fue consciente de su atrevimiento y aunque él estaba profundamente convencido de lo que proclamaba, trató siempre de suavizar sus efectos y de contemporizar, pues aunque fue un estudiante de teología que fue perdiendo la fé, él mismo nunca se describió como ateo.
Pero Darwin no se imaginaba entonces dos cosas: primero, que su teoría sobre la evolución de las especies, sacada de la nada científica, sólo a base de pura observación, encontraría unos sólidos cimientos científicos algunos años después, lo cual haría que se convirtiera en el principal referente de la Biología moderna. Tampoco se imaginaba que más de un siglo después de su muerte se seguirían haciendo notar los que se sienten amenazados e insultados por la realidad del pensamiento darwiniano. La parte “no racional” de nuestro cerebro (bastante útil, por cierto, en algunos casos), parece que ocupa más espacio del debido en según quién sea, y a algunos se les hace duro afrontar las cosas como son.
La evolución es un hecho, no una teoría. Lo discutible es la explicación de cómo tiene lugar, es decir, de cómo cambian las especies y aparecen otras nuevas. Pero de nuevo resurgen las corrientes que intentan retorcer las cosas y buscar protagonismo prohibiendo o poniendo condicionantes a su enseñanza en los colegios.
La gran aportación de Charles Darwin al pensamiento occidental no es la idea de la evolución, como parece creer casi todo el mundo. Esa gloria le corresponde probablemente a su mismísimo abuelo, Erasmus Darwin, quien, 90 años antes de que lo hiciera su nieto, ya proclamaba la idea de que todos los seres actuales provienen de unas cuantas formas muy simples y primordiales. Su gran aportación fue la idea de la evolución por
selección natural.
La selección natural arrasó en su momento con el argumento de un diseño inteligente de la creación, y esta es la razón de la celebridad de Darwin fuera del ámbito de la Biología. Los biólogos contemporáneos tienden a fijarse más en la demostración convincente del hecho de la evolución, es decir, las pruebas de que todos los seres vivos existentes provienen de un único ancestro común y primitivo. Y este es el fundamento de la Biología moderna. A lo largo del último siglo y medio, los datos han demostrado la teoría del ancestro común con tal contundencia y nitidez, que sólo desde la ignorancia o el fundamentalismo es cuestionada. Por tanto, nunca se escribe o se discute seriamente sobre este asunto. Es una cuestión cientifica y filosóficamente muerta.
Ahora bien, el mismo Darwin no fue nunca un ultradarwinista, como sí lo han sido muchos de sus seguidores. Su teoría de la transformación de las especies mediante la acumulación de pequeños cambios graduales se encuentra con dificultades al intentar explicar determinados hechos. Es posible que la selección natural, siendo un mecanismo fundamental de cambio en las especies, no sea la única responsable de toda la diversidad biológica que existe en la Tierra. Hoy en día se postulan distintas teorías que complementan a la de Darwin como motor de la evolución de la vida en el planeta.
En definitiva, el darwinismo son dos cosas: que las especies se van transformando gradualmente y todas han tenido un antecesor común, y que esta transformación la guía la selección natural. La primera es un dogma; la segunda se puede matizar.